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A las 6 y pico

La verdadera Pelusa

La verdadera Pelusa

Ella es la verdadera Pelusa, está bastante más arruinada y vieja que el elefante de la foto que ilustra el texto, pero ya que encontré su foto, no quería dejar de presentárselas. :)

La elefanta Pelusa

La elefanta Pelusa

La elefanta Pelusa tiene más de cincuenta años, vive en el zoológico de mi ciudad y ha estado ahí desde que puedo recordar. Siempre ha estado sola en su corral, y tal vez es por eso que le gusta llamar la atención: un día le quitaba la cartera a una señora descuidada y la estiraba como un chicle, otro nos mostraba cómo podía elongar un neumático hasta el doble de su largo con la fuerza de un coloso; pero lo que más disfrutábamos los niños, era llenar su trompa con comida. Y ella no se hacía rogar, apenas algunos visitantes se acercaban a su cerca, comenzaba a pasear su trompa como una mano enfrente de todos, juntaba lo que le dábamos y se lo llevaba a la boca, lo que para mí era increíblemente sorprendente. Me llevó años entender que la trompa era la nariz y no la boca. A Pelusa también la alimentó mi madre de niña, y muchas veces me he preguntado qué tan cierto es eso de la memoria prodigiosa de los elefantes ¿Se acordará de mi madre niña? ¿Me reconocerá a mí ahora? Y más atrás aún ¿Se acordará de África?¿Sabrá Pelusa que, a su edad, ya debería ser la matriarca de un grupo de hembras viajando por las sabanas africanas?¿Recordará su manada?
Ahora, después de cincuenta años, finalmente se han dado cuenta que un elefante no puede comer pan ni galletitas, y han colocado una segunda cerca para que la gente no pueda alimentarla. Pero Pelusa no lo sabe, y continúa paseando su trompa pidiendo comida, aunque ya no puede alcanzarnos. A veces me fijo en su ojo rojo y extraño, que apunta hacia mí como un cíclope. Y vuelvo a preguntarle en silencio ¿Te acuerdas de mí, Pelusa?¿Te acuerdas de una niña parecida a mí, hace medio siglo?¿Te acuerdas de África?
Pelusa pestañea y sus pestañas son tan largas que le cubren todo el ojo, que se clava rojo en los míos. Intento leer en él, pero tal vez me equivoque. Porque la última vez que miré, creí ver a una niña que era yo, alargándole un pan de los que mi abuela guardaba en la cocina, a otra parecida a mí, usando un vestidito de los años cincuenta y, mirando más profundamente, a un tigre y a un guerrero zulú, brillando lejanos en su ojo de fuego.

Soy malo

Soy un escritor malo...
(Ya estamos)
A ver, no es que sea un escritor malvado... Vuelvo a comenzar: Soy un mal escritor...
(El título, eso es lo que despista, claro... mecachis)
En fin, que soy un mal escritor. Diría aún más, diría que soy pésimo, pero no lo digo por caridad. Por autocaridad, que no tiene nada que ver con los autocares... creo. En fin, por eso digo que no digo lo que no digo, por pura caridad hacia mí mismo...

Yo quería escribir esto en forma de poema, pero trato de rimar y oigan, ni en asonante. O voy y rimo perro con berro, muy bien, pero luego no sé qué hacer con el berro (no me emocionan especialmente los berros, ni los perros, a decir verdad, pero al menos perros pueden dar más juego, no sé, morder a alguien, o no tener rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado). Por otra parte, si me pongo a contar sílabas me mareo. No es coña. Lo juro, una vez intenté un soneto y acabé en urgencias. Y, por supuesto, si me da por el verso libre, como he hecho en ciertas ocasiones, me dirán que qué necesidad tengo de mutilar de esa manera a mi prosa, si ya es bastante mala sin ese castigo. (No dejan de tener razón) En fin, que mi poema lírico “Soy malo”...
(Pero qué mal título, leñe)
...que eso, que mi poema jamás podrá ser. Si fuera mejor escritor... Pero para qué pensar en eso: soy malo y no hay que darle más vueltas. Yo sé que soy mal escritor, mis amigos y mi familia también lo saben. Ellos son buenos (no digo buenos escritores, que alguno lo será, seguramente, sino que son buenos conmigo, o dicho de otra forma son, respectivamente, buenos amigos y buenos familiares). En fin, son buena gente y tratan de no animarme demasiado en mi carrera de mal escritor, incluso intentan desanimarme un poquito (es por mi bien, lo sé), pero al mismo tiempo procuran evitar (y ya es mérito) herir mi orgullo. Me dicen cosas cómo: bueno, sí, no está mal, muy bonito, y oye, dime, ¿ya encontraste trabajo? Y yo pregunto si esto de escribir no es trabajo, y se quedan un poco cortados y me dicen que bueno... que sí... pero... Y la verdad es que comprendo perfectamente, y acabo confesando que no, que aún no encontré trabajo, pero esa es otra historia (ahora sólo quiero hablar de mis fracasos como escritor). La cuestión es que cuando me dicen bueno, sí, no está mal, muy bonito, y oye, dime, ¿ya encontraste trabajo?, yo sé que están pensando por qué me torturas haciéndome leer estos bodrios infumables, qué te habré hecho yo, pero como son buena gente no lo dicen. Todo un detalle. De todas formas, de poco sirven los disimulos, yo sé que soy mal escritor, y desde que lo sé nada podría dañar un orgullo del que carezco. Yo soy ese hortera que escribe cosas que a nadie le interesan, como por ejemplo poemas (sin rima o mal rimados) de amor (es decir, cursis) a la novia...
(Bueno, en realidad suelo ser ese hortera que escribe poemas de amor por si acaso se echa novia, cosa poco probable porque ¿quién querría compartir su vida con un escritor tan deficiente? Pero bueno, tampoco se crean, que no todas se dan cuenta de que soy un mal escritor a simple vista, y feo no soy, aunque tampoco guapo, y la falta de orgullo es un punto, así que llegué a dedicarle poemas a un par... recuerdo una preciosidad que se dedicaba a hacer críticas literarias, claro, en cuanto le escribí el primer poema me dejó y lo peor es que tengo que reconocer que fue una decisión acertada, pues el poema era ofensivo de tan malo, pero me estoy enrollando y esa es otra historia...)

Sí, tengo bastante asumida mi condición de mal escritor, aunque mis amigos y mi familia, tan amables siempre, quieran animarme haciéndome creer que sólo soy mediocre. Pero no, soy malo malo, ya lo están comprobando ustedes. Y quizá no sea tan malo esto de ser mal escritor, porque así uno evita que se le suba a la cabeza aquello de ser un buen escritor.
Sí, sí, todo hay que decirlo, muchos buenos escritores (si me atreviera a decir que la mayoría, diría incluso que la mayoría, ea) acaban siendo unos petulantes. Después de unos cuantos libros maravillosos, frescos, originales, estupendos y que hacen las delicias de los lectores más exigentes, van y se arrancan con algún mamotreto incomprensible. Y claro, lo peor viene cuando uno dice que estaban mejor las obras anteriores, porque entonces es cuando los excelsos literatos (qué bien que me ha quedado eso de excelsos literatos, seguro que hay más de uno mordiéndose las uñas y pensando, ostras, soy un excelso literato, qué rabia, con lo mal que suena...) digo que los excelsos literatos entonces se lamentan amargamente de los lectores tan deficientes que tienen, de lo incapaces que son de comprender sus auténticas profundidades que se reflejan, naturalmente, en aquella que llaman con cierta afectación su obra de madurez, y no en esos otros libros anteriores, tan “convencionales”. Claro, son unos incomprendidos, y entonces se ponen a escribir como locos ensayos de crítica, donde dan a entender:
Que saber apreciar ciertas obras literarias no tiene tanto que ver con el gusto como con la capacidad intelectual del lector.
Que ellos mismos son las personas idóneas para juzgar no sólo las obras literarias (que eso por supuesto, para algo son excelsos literatos, mira que me ha gustado eso de los excelsos literatos), sino también para juzgar a los que osan entrar en su terreno y juzgar obras literarias.
Que son unos genios incomprendidos.
(Y quizá, en un arranque de generosidad, pueden también dar a entender que algún otro escritor es un genio incomprendido, suele ser un amigo).
En fin, que acaban siendo unos insoportables, los buenos escritores...
Visto así, no es tan malo ser malo. De hecho, también tiene sus satisfacciones, como saber que algún día los malos escritores saldremos de las cloacas (y entonces sí seremos malos de verdad, malos de malvados con los cuchillos relucientes y amenazadores en nuestras manos) para cortarles los testículos a todos los escritores buenos (y ya se nos ocurriría algo para las buenas escritoras), y después volveremos a las sombras, a revolcarnos en la inmundicia, el ripio, la cursilería, el error y la obviedad... ¡Y lo a gusto que nos habremos quedado!

En fin, yo sigo adelante con mis afanes de mal escritor, porque sí, porque me da la gana, porque escribir es mi vida y esto sólo sé expresarlo con un tópico como “escribir es mi vida”, porque, en fin, es mi destino ser un escritor malo. Y que se anden con ojo los buenos, que ya le estoy sacando brillo a mi puñal...

(Toma final efectista, si es que soy un primor de escritor malo...)

Gabriel

Gabriel

El día de su ochenta cumpleaños, como todos los días, Gabriel tomó su desayuno en su terraza, vestido de lino y zapatos impecables, ambos blancos.
Después, Gabriel lo recogió todo y se marchó, vivía en un pueblo a penas cinco kilómetros de Sevilla, en pendiente hacia ella, caminó dejándose ir por la pendiente, como llevaba haciendo quince años.
Como tenía por costumbre, fue al ambulatorio, lo hacía desde que su mujer murió. Un amigo y vecino suyo le había recomendado que fuera al médico para que le viese la garganta a causa de un resfriado.
Finalmente, tras diez minutos de camino, el anciano llegó al consultorio, entró en él, se dirigió a la sala de espera que se encontraba junto al despacho de su medico y se sentó en una vieja silla que estaba en un sucio rincón.
Andrea era la doctora de Gabriel, una mujer de cuarenta y cinco años, y llevaba como doctora en aquel pueblo quince años, uno de sus primeros pacientes en aquel lugar fue Gabriel, desde entonces él iba todos los días a que le atendiera, pero solo la primera visita fue con una verdadera enfermedad, Gabriel, se hacía el enfermo, para ver a Andrea, quien siempre le decía:
-Don Gabriel, nos enterrará a todos…tiene muy buena cara y no le veo nada.
A lo que él siempre respondía-Pues me duele aquí, y en este otro sitio-Decía señalando cualquier lugar del pecho o el cuello mientras la miraba.
Aquel día, cuando llegó, recordó el primer día que la vio, aunque apenas llevaba meses muerta su mujer, se había vuelto a enamorar. La doctora pensaba que era un viejo hipocondríaco, él nunca le dijo que la amaba, es más, le hablaba de su esposa en presente. Gabriel moriría años después pensando solamente en Andrea y solo en la habitación de un hospital.
Quedaba una media hora para que le tocase entrar, el anciano vio a Andrea entrar en la consulta después del descanso para el desayuno, le saludó y ella correspondió con una sonrisa y unos buenos días.
Al entrar en su despacho Andrea se volvió a su compañera, y le dijo:
-¿No se cansa Don Gabriel de venir todos los días? Ya empiezo a pensar que no solo es hipocondríaco sino que además está loco!
-No me extrañaría nada, lleva viniendo quince años de lunes a viernes, pero no hace daño a nadie, a veces creo que viene por estar con aire acondicionado-dijo Maria.
-A lo mejor es eso, haz pasar al siguiente por favor-respondió Andrea dando por zanjada la conversación.
Gabriel estaba hablando con un conocido que vivía en su calle cuando María lo llamó a consulta:
-Don Gabriel puede pasar-le dijo.
-Voy-dijo el hombre, y entró en su consulta.
-Buenos días.
-Buenos días-respondieron al unísono Andrea y Maria, la doctora se levantó, se acercó a Gabriel, y le dijo-siéntese en la camilla por favor, y déme su cartilla medica.
Gabriel le dio su cartilla, Andrea la puso en la mesa de Maria y dijo:
-Ahí tienes- y se volvió a su paciente- ¿que le ocurre?
Gabriel, que no la había dejado de mirar a la cara, le respondió- me duele aquí y en este otro sitio.
Y como siempre se decían- don Gabriel, nos enterrará a todos…tiene muy buena cara y no le veo nada.
-Pues me duele aquí y en este otro sitio.
Maria dijo mirándolo al rostro-se le ve feliz, se nota que quiere mucho a su esposa.
-La quise así desde el primer día, es una gran mujer.
- Se nota, lo cuida muy bien-dijo Andrea riendo.
-Si…-dijo Gabriel sin dejar de mirar a Andrea-siempre lo hizo.
Maria le devolvió la cartilla médica y le dijeron las dos-hasta mañana don Gabriel.
-Adios-se despidió él.

El Maletilla

Como todos los días de corrida, llegó a la plaza una hora antes del comienzo del festejo. Entró en el patio de caballos tras regatear un poco con el portero para que le dejara colarse. No tenía dinero, y a costa de prometerle unos favores y encargos, éste le franqueaba la puerta. Eran amigos, y gracias a él podía ver todas las corridas.

Le gustaba llegar con antelación a fin de observar con detalle todos los preparativos. Tenía mucho encanto, mucho sabor. Casi mas que lo que luego sucedía en el ruedo. Los caballos de picar, gordos, tristes, resignados, eran pesados y montados por los monosabios para ponerles a punto. Con sus casaquillas de desteñido bermellón miraban orgullosos y un tanto despectivos a cuantos curiosos les observaban, pues por un momento eran protagonistas. Se creían importantes. Estrellas. Luego, sobre la arena, se limitarían a golpear al caballo para que no huyese, levantar al picador de sus aparatosas costaladas y blasfemar de miedo.

Mas tarde llegaban las cuadrillas. Primero lo hacían los banderilleros, con sus apagados ternos de azabache, de plata, de nieve. Bregados. Curtidos. Fuertes. Y pese a su papel secundario, sentía admiración por ellos. Más tarde los picadores, voluminosos, enormes, pesados, torpes, como tanques andantes. Con el castoreño en la mano, que luego les protegería la cabeza cuando fueran derribados por la fiera acometida del toro. Finalmente, en medio de gran expectación, hacían su aparición los jefes de las cuadrillas. Jóvenes. Relucientes en sus ternos brillantes, de oro resplandeciente, de seda delicada y suave. Admirados, palmoteados, idolatrados. Con una siempre nerviosa sonrisa en sus pálidos rostros.

Les miraba detenidamente, con atención. Les envidiaba. Eran como semidioses para él, quizá porque, al igual que otros muchos, él también tenía la ilusión de ser torero. Soñaba con verse embutido en tan brillantes trajes, con ver su nombre anunciado en grandes letras en los policromados carteles, con verse rodeado de admiradores que acariciasen con respeto y miedo las lentejuelas de su chaquetilla, los bordados de la taleguilla, y que estrechasen su mano recorridos por un gozoso escalofrío.

Nunca se había puesto delante de un toro, esa era la verdad. A lo sumo había corrido algún encierro en un pueblo perdido, y delante, muy delante de donde verdaderamente venían los toros. Y pese a ello, sentía el toreo. Lo vivía. Le sacudía por dentro. Y así, en infinidad de ocasiones, provisto de escoba por tizona y toalla por pañosa, había hecho grandes faenas a monumentales y figurados bovinos de imponente trapío, casta y seriedad, tras haber brindado su muerte a la mujer amada, y, jugándose la vida con gallardía y majestad, tumbar al toro de una colosal estocada. Sin embargo, fuera de esto, nada había hecho por ser torero. Sólo soñaba.

Hoy, sin embargo, el tantas veces visitado patio de caballos presentaba una nueva imagen, totalmente desconocida para él. Estaba transfigurado, distinto de las otras ocasiones. Se encontró en él sin haber tenido que regatear con el portero. Las herrumbrosas puertas se le habían abierto incluso con cierta solemnidad. Y la gente le dirigía curiosas miradas, y le palmeaban la espalda, y le saludaban, y le felicitaban.

Miró hacia abajo. La cara le cambió de color. Se quedó perplejo y sorprendido. Estaba vestido de luces. Un precioso terno grana y oro, el de los valientes, recubría su cuerpo. Se sobresaltó, porque de repente, sin saber cómo, se encontraba en la situación que tanto había soñado, por la que tanto había suspirado. Se sentía enormemente confuso.

Vio a sus compañeros, dos conocidos matadores, a quienes admiraba. Esta tarde ya no les aplaudiría desde el tendido, sino que, en paridad con ellos, trataría de superarles, de quedar mejor, de ganarles la partida. Estaba anonadado. El miedo a la responsabilidad comenzaba a invadirle. Y comenzó a asustarse.

Ahora comprendía muchas cosas que antes se le pasaban por alto. Lo fácil que es gritar a un torero, insultarle, llamarle cobarde mientras se juega la vida en cada muletazo, mientras se está cómodamente sentado en una naya. Pensó por un momento en la provisionalidad que rodea la vida de los toreros. La fama, el dinero, la gloria, el amor, todo puede desaparecer en un instante fatal de la corrida, en ese segundo temido y eterno.

Sentía su miedo cada vez en mayor grado. Miedo al toro y a sus dos astas. Miedo a la muerte que ahora percibía muy junto a él, acompañándole, invitándole coqueta y seductora. Miedo a la responsabilidad. Miedo al público. Miedo al ridículo. Miedo a la masa vociferante y enfervorizada. Miedo a su gente. Miedo a sus amigos. Miedo, miedo, miedo.

Se refugió en la capilla. Lo necesitaba. Se sentía solo y desamparado, tremendamente desamparado. Rezó con un fervor que nunca había tenido. Al acabar, se sintió reconfortado y protegido. Incluso se sentía mas tranquilo, Y ya faltaba poco para el paseíllo.

Se lió torpemente el capote de paseo. Las manos apenas si le respondían. Le temblaban. Con la montera en la mano se dirigió con arrepentida decisión al portón de cuadrillas. Una luz, brillante y amarilla, procedente del albero, le deslumbró e hizo que su brillante traje cobrase un cegador resplandor.

Pese a que las piernas se le doblaban, avanzó hasta salir a la arena y colocarse entre sus compañeros. El sol, poderoso, soberano, era el señor del claro y diáfano cielo y con fuerza clavaba sus rayos sobre su rostro, cegándole y sin apenas dejarle ver. A sus oídos llegaba el murmullo de la gente, asustante, ensordecedor. Como una jauría humana. Sintió sobre su cuerpo el peso de diez mil pares de ojos que le miraban inquisidoramente, escrutándole, traspasándole. Ojos ávidos de emoción, de lucha y de muerte. Ojos que esperaban su fracaso para lanzarse sobre él. Se sintió muy débil. Se azoró.

Los alguacilillos ya habían efectuado el despeje de la plaza y se encontraban delante de los toreros, encabezando el paseíllo. Un pasodoble, alegre y marchoso resonaba en el aire cálido de la veraniega tarde. Descompuesto, atenazado por los nervios, histérico, se quedó clavado en la arena. Veía avanzar a los otros espadas, pero no era capaz de seguirles. No podía moverse. Su cuadrilla le empujaba pero cualquier esfuerzo era baldío. Oía las ofensivas palabras que desde los muy cercanos tendidos le dirigían, las risas crueles, las burlas sarcásticas, los insultos. Le dolía todo, y tenía la cabeza a punto de estallar. Y no sabía como huir de allí. Hubiera querido desaparecer, que la tierra se lo tragase, salir corriendo, perderse de vista, pero seguía plantado, ridículamente firme, soportando estoicamente su vergüenza y su humillación.

De repente rompió a llorar. Las lágrimas le empañaban los ojos y todo lo veía borroso, cada ves más borroso y difuso, hasta que ya no vio nada...

...Se incorporó bruscamente. El sudor bañaba su cuerpo, y tenía la boca seca y ardiendo. Estaba excitado. Abrió los ojos y vio su habitación sumida en la penumbra. Sobre la silla no estaba el traje de luces, sino la chaquetilla del pijama. Estaba en su casa. Suspiró aliviado. Todo había sido una pesadilla.

Y entonces comenzó de nuevo a pensar en grandes faenas, en ovaciones y aclamaciones, en pasear dos palpitantes todavía orejas de toro dando triunfales vueltas al ruedo.

Curiosamente (fotografía de un momento)

Jodida resaca. Sonríe a medias. Siente el aire. Siéntate encima. Perdón, ha sido un accidente. Se está bien. Entra por la otra puerta. No ha sido para tanto. Soy un céntimo. Aún vive de lado. Te quise sin querer. Menos lobos, caperucito. Mejor me empiezo de cero.¡Foto, foto! A veces sonrío. No te creo. Claro, claro. Es hora de que te vayas. No sabré escribirte. Besos varios. Cojo dos abrazos. Jodida resaca. Eso no es nuevo. ¿Y el cielo? Dile adiós al momento. No debía de serlo. Adiós momento. Piedra papel o tijera. Nos vemos cuando queramos. Soy el hombre magullado. Pierdo a la tercera. Por llevar la contraria

ERAN OTROS TIEMPOS

ERAN OTROS TIEMPOS

Aunque parezca mentira, estas cosas ocurrían no ha muchos años, especialmente en el medio rural, pues viajar en tren para mucha gente era una utopía muy distante para las clases bajas, lo que venía a reducir el ámbito de conocimientos y experiencia de mucha gente. Por dicha razón, cuando un hombre de pueblo llegaba a la ciudad, inclusive a la capital de su misma provincia, iba dejando una estela de equívocos y desatinos que llamaban la atención; de ahí que el sainete y la comedia sacaran durante muchos años un sustancioso provecho del llamado cateto, lo que cual no significaba que el susodicho cateto fuera imbécil, pues en otros aspectos de la vida podía dejar asombrados y dar lecciones a muchos listillos de la capital.

En esta ocasión, resulta que el día que se fue a hacer el servicio militar un mozo, pues no había salido nunca de su cortijo, representó para él y para toda su familia poco menos que un duelo. Todos lloraban a lágrima viva la ausencia de su hijo y hermano, temiendo por lo que le pudiera pasar en un mundo desconocido para ellos. No obstante la madre, tragándose las lágrimas, en el último abrazo de despedida le pidió a su hijo que tan pronto como pudiera se hiciera un retrato y se lo mandara para ver cómo le quedaba el traje de militar. El hijo se lo prometió cruzando los dedos en señal de juramento.

Efectivamente, tan pronto como tuvo permiso para salir del cuartel, andando el mozo por una de las plazas de la ciudad, vio un rótulo en una puerta que decía: "Retrete". Enseguida se acordó de lo que le había prometido a su madre, y pensando que había llegado el momento de complacerla, entró y le preguntó a la encargada:
-Oiga, buena mujer, ¿dónde me puedo hacer un retrato?
Sospechando la buena mujer que quería hacer sus necesidades fisiológicas, pero dicho en términos metafóricos, o tal vez con pitorreo, le contestó:
-¡Ahí dentro, pero no te olvides de tirar de la cadena!
El mozo entró, se colocó el gorro en la posición más correcta y se acicaló sus pobladas cejas para favorecer su imagen. Y después de quedarse quieto durante un minuto frente al retrete, tiró de la cadena, pero viendo que los retratos no salían por ninguna parte, dirigiéndose nuevamente a la encargada, la interpeló diciendo:
­¡Señora, lo he intentado varias veces pero no sale nada!
-Pues lo siento, joven, pero yo no tengo ningún sedante para el estreñimiento. Así que te tomas un purgante y ya verás como sale.

SON SÖLO UNAS PIEDRAS

(Para alguien muy especial para mí)

Hoy el día amenaza con lluvia, después de tanto tiempo sin llover. Aunque todo es relativo. Llover ha llovido mucho en estos últimos años, depende de cómo se mire o de querer saber mirar. El caso es que al salir a la calle, me ha dado frío y he tenido que volverme a casa a coger una chaqueta. Abro el armario y , entre los abrigos guardados en sus bolsas, los zapatos apiñados y las bufandas esperando el invierno que no va a tardar en llegar, me inclino por mi chaqueta de cuero rojo, esa que me sienta tan bien, al menos el color no es el gris de los días de otoño que son tan cortos y tristes- me dije al comprármela-, aunque aún no he entendido muy bien eso de los colores de invierno y los colores de verano.

La chaqueta seguía oliendo a cuero. Y me queda un poco grande. O yo soy un poco más pequeña, cuestión de matices varios. El caso es que me sentía cómoda metida holgadamente en ella e introduje las manos en los bolsillos de forma automática. Dentro del bolsillo izquierdo encontré unas piedras. Cualquier otro año me hubiese resultado más divertido encontrarme un billete de veinte euros olvidado en un abrigo, pero hay que ver lo que son las cosas, unas simples piedras de playa fueron el mejor regalo en esta mañana lluviosa.

Lo primero que pensé fue en la playa, de allí procedían, pero el recuerdo sólo duró unos segundos para sumergirme en lo que siempre quise olvidar y no pude. O quizá no quise, no lo sé. Lo cierto es que las piedras me llevaron hacia ti, hacia la playa, hacia tus labios, hacia las palabras no dichas, hacia los momentos no vividos, hacia el miedo a no verte más, hacia la lucha a muerte con el deseo. ¿Quién ganó? No lo sé
¿Quién perdió? Tampoco me importa mucho. Lo cierto es que, acariciar estas piedrecitas es como acariciarte a ti, saber que están aquí es un poco tener conciencia de que aún no te has ido, y la verdad, por un lado quiero que te vayas y , por otro, quiero que vuelvas a la playa. Y quiero que regreses para decir todo lo que no dije, gastar mis caricias en una noche y agotar mi cuerpo en el que no deja de llover.
Es curioso cómo se viven algunas cosas apenas sin vivir y otras, sin embargo, no llegan a vivirse de tanto querer hacerlo. Sin embargo, estas piedras ni se han inmutado al paso del tiempo, ni se preguntan si hicieron lo correcto o no. He pensado en meterlas en un sobre y mandártelas, quizá te traigan a ti -como a mí-unas imágenes sin editar, quizá te aporten un poco más de lo que nunca fui, de lo que no dije, de lo que se quedó esperando a nacer antes de morir, pero no lo he hecho. Porque sin querer, te imaginaba diciendo “Qué cosas más raras manda la gente por correo” y tirándolas a la papelera. Seguramente ya, ni recordarás ese día en la playa donde jugué a ser yo un solo día de mi vida. A destiempo, como siempre, pero no sería yo si no fuese a deshoras, a palabras no dichas , a caricias no dadas y a enterrarme antes de morir.

Mejor las devuelvo a la playa, de donde quizás, nunca debieron salir…

Espejos

Espejos

-Chico, chico mírate
mírate, ¿qué ves?-

Veo un rostro joven pero cansado
y unos labios deseando que los besen.

Veo una cara extraña,
como queriendo decir algo
No sé bien si pertenece
al niño que admira a su madre
o a la mujer que desea
el hombre que murió a su lado.

Pero sobre todo veo unos ojos tristes
sobre un fondo inclinado que llora.

Tonelete dice hola

Hola a todos.
Me llamo Tonelete, y soy nuevo aquí. Quizá me instale una temporada, y deje de ser nuevo. O quizá me vaya a ser nuevo en otro lugar (acaso lejano, acaso invisible, acaso imposible). El mundo gira y gira como un loco, como un loco adorable, como un mundo loco y adorable, y como un dado. El azar lo es todo. El azar y las ganas, son las únicas cosas importantes. Puedo decir que tengo ganas de estar aquí, tengo ganas de no ser nuevo y que la gente diga, "anda, el Tonelete, míralo, ya está otra vez ahí". Pero el hombre propone, Dios dispone, y el Diablo tiene derecho a veto.
En cualquier caso, deseo que todos me conozcan, ya que ahora estoy aquí. Voy a hablaros de mí. Aviso que tengo mucha práctica en esto de describirme: es un ejercicio que he hecho muchas veces en el colegio, en el psicoanalista, y en la mili (Bueno, en la mili no) (Fui hombre-objeto) (Es decir, objeté) (En fin, fui objetor de dudosa conciencia). Tengo mucha práctica, pero no es fácil, porque cada vez es diferente. Cada vez que me pongo a describirme ¡zas! descubro que soy una persona distinta. Mis nombres han sido muchos. Pero ya no soy Sandokán, ni el Gato con Botas... Ahora soy Tonelete, para servirles.
Me llaman así porque tengo forma de tonel. Entiéndase, no es que mi forma sea igual a la de un tonel. Tengo patas, brazos, y cabeza que sobresalen. Soy como un tonel con extras.
Trabajo en el Ministerio de Afectos, donde ocupo el puesto de Tipo Majo. Quiero que me asciendan a Tipo Encantador. Por eso escribo: necesito que todos me quieran mucho.
Estoy casado con una mujer imaginaria. Tengo tres hijos: el primero es un gato, el segundo un ovillo de lana, y el tercero una idea perversa (una idea de gato). Se llevan muy bien, aunque el primero y el segundo tienden a quedarse enredados.
La música me llena los ojos de lágrimas, pero hace tiempo que aprendí a no sonarme los mocos hasta el final de la pieza.

Soy vuestro si me hacéis vuestro.

Y eso, que soy Tonelete. ¡Hola!

La crisis

Se siente, estamos de crisis. Sí, hágase a la idea. Eso sí, es una crisis muy variada: moral, física, económica, política y existencial. ¡Oiga! No conviene que se siente ahí, porque estamos de crisis y nunca se sabe. ¿Qué me mira? ¡Hay que hacer algo, estamos de crisis! Oiga dónde va. ¡Estamos de crisis aquí! ¿Dónde va a ir a resolverla? Venga aquí... ¿Qué hace?¡Ni se le ocurra encender ese cigarrillo, que estamos de crisis! ¿Pero por qué me mira así? A ver... lo que le decía.. estamos de crisis... de lo que se trata... de lo que se trata es de saber qué hacer... Sí. ¿Qué hacemos ahora, que se nos ha venido encima la crisis? Veamos... ¡No! Usted no diga nada... Con esta crisis, hay que tener mucho cuidado cuando se va a decir algo. ¿Está usted seguro de lo que iba a decir? No le veo yo muy seguro. Mejor no diga nada, se lo digo por su bien. ¡Método! Lo que nos hace falta es método. Veamos. Cosas que podríamos hacer. Para afrontar la crisis y tal... Podríamos trabajar, pero el trabajo está en crisis... Podríamos protestar, pero estamos afónicos... ¿No me lo había notado? ¡Ya sé! Podríamos huir... no no no... huir, vale, pero ¿cómo? El movimiento también está en crisis, y el espacio, y el tiempo... ¿Qué hacer? ¿Eh? ¿Qué hacer cuando el universo está en crisis?

¿Qué dice?

No, olvide eso. Morirse no es buena idea ahora. Con lo caros que se han puesto los funerales...

Locura

Comeré de tu mano el rencor con que tus ojos me premiaron , beberé las lágrimas que jamás derramaste hasta saciar la sed de tí que me atormenta , lloraré mil veces cada noche con el vacío de la cama arropando mi desconsuelo , respiraré por la herida que tu desprecio dejó en mi alma , besaré el suelo que pisaste para sentir de nuevo el arrullo de tus pasos , gritaré mi dolor por las esquinas cuando la voz abandone mi garganta para no molestarte con pesares , entregaré mi cuerpo a la amargura ya que no me queda otra cosa de tí, apagaré la luz de mi mirada arrancándome los ojos con las manos y lameré las caricias que te guardaba cuando sean tantas que se me escapen de los dedos ... porque si las cosas que vemos son las que llevamos dentro , yo sólo te veo a tí día y noche ; y si nuestro cuerpo es un templo tú eres el dios que me habita y al que rindo pleitesía , porque cuando conocí lo que era amarte ya no quise elegir otro camino ; y así , sufriré por propia voluntad tu ausencia como una bendición hasta que la locura algún día , por fin, me lleve para siempre al olvido o a la muerte , si es que acaso no fueran lo mismo.

Yonki

Yonki

Prefiero dudar a tener seguridades
si dudas, piensas y si piensas
no te sientes muerto.

He cambiado sí, ya no soy aquel niño
que miraba el suelo buscando/viendo
en él, todo su mundo.
Pero tampoco soy ese hombre soy...

Algo que siente, no sé que

Me gusta mirarme disfrazado de yonki
Me gusta ver en sus ojos la curiosidad
de esos ojos que miran la persona infame.

Con la cara demacrada en los railes
como queriendo no sentir frío.

Qué estupidos lucen
con camisas en sus cuellos,
tan mediocres.
Jamás seré como ellos,
jamás como ellas.

Solo soy una persona que siente y duda
un ser que jamás desafiará los espejos.
Matándo(se)
con el humo
en cada calada.

Mis manos de hielo

Mis manos de hielo

Ahora vuelves a tener los ojos
empañados por no quererme
por no haberte dejado quererme
atando de cadenas brazos
tu cintura, cuando yo estaba.

Ya no me dices, ven
a alegrarme el día.
Ya no llegan los vientos del Norte
ni susurran tus labios, que no me llaman
ni piden mi regreso.
Ahora ya no viene el viento de tu aliento
sino del Levante y tengo frío.

Llega el aire congelado
a tapar mis manos de hielo.

Una cuna vacía llora la falta
de la niña que dormía.

Te busco entre los libros
que leiste, para encontrarme contigo,
Te busco entre los folios
que escribí para encontrarnos.

Siempre hay un "pero"
lleno de puntos suspensivos
capaces de vaciar todo
lo que dijiste antes.

Pero sé
Que el fondo de tus ojos
también me busca.

TRAGEDIA SIN CULPABLE (Sucedió el domingo)

TRAGEDIA SIN CULPABLE (Sucedió el domingo)

-Cariño, me voy a cenar esta noche con los amigos.
-¿Con las amigos?
-Sí, con las amigos, celebramos el cumpleaños de Mario.
-Me parece bien, pero me creo con el derecho a saber, previamente, cuándo te vas y con quién vas, si no te importa. No es justo que me entere cinco minutos antes de tus cenas y compromisos, o supuestos compromisos.
-Voy con los amigos, cariño, con los amigos.
-Pero sucede que yo también tengo concertada esta noche una cena con las amigas, cariño, con las amigas.
-Tendrás que suspenderla, yo tampoco tenía conocimiento de tu compromiso, y un cumpleaños no se puede aplazar.
-Pongámonos de acuerdo y veamos quien se queda al cuidado de los niños. ¿Te parece bien?
-Me parece bien si te quedas tú, los amigos me esperan.
-Esto no puede quedar así, te lo advierto: si te vas esta noche dándome la espalda, cuando vuelvas, todo será humo, y no quedará ni señal de nuestro compromiso.
-¿Es una amenaza?
-Míralo como quieras, pero el contenido de mis palabras no deja lugar a dudas.

Se observa la falta de voluntad de acuerdo, la trasgresión de la libertad, la imposición del yo, el fracaso inminente.

El marido vuelve a otra mañana y su mujer no se encuentra en casa: ha desaparecido, llevándose con ella sus dos hijos de corta edad. Empieza para la pareja un vía crucis de sufrimiento, de huída y persecución que puede tener desastrosas consecuencias, especialmente para los hijos. Y si apelemos al sentido común, veremos que por una cena se prende fuego a la estructura de un edificio que prometía ser la sede de la felicidad y el joyero de un juramento de amor eterno, “hasta que la muerte nos separe”.

¿Por qué cuando la responsabilidad suele ser más apremiante es cuando se hace dejación de ella y recurrimos a la bravuconada, tratando de demostrar al otro quién lleva los pantalones?

La libertad tutelada, la libertad juiciosamente convenida y acorde con las exigencias de cada momento, nos puede llevar a descubrir nuevos valores en el matrimonio; mientras que si la ejerce cada cual a su libre albedrío, podemos terminar siendo esclavos de nuestras propias sospechas y, entonces, dejaremos de ser libres.

Bebiendo el Arco Iris.

Bebiendo el Arco Iris.

¿Puedes decirme?
¿Si puedes ver el Arco Iris?
Mis ojos sueñan con el.
Mis ojos se fueron en cientos de pedazos
porque lo deseo.
Me vuelve frio
entre las cenizas
bebiendome el Arco iris.
¿Puedes decirme como regresar?
He ido demasiado lejos tras el.
La agradable sensación,
la tan agradable sensación
que me quema
dentro de tu corazón.
Intento penósamente beberme el Arco Iris.
Intento muy penósamente beberme el Arco Iris.
Tú deberías de quererme
llevarme a lo largo de
las estaciones, las estaciones de la Tierra.
He esperado por la buena música
que he oido
dentro de tú corazón.
Bebiéndo el Arco Iris,
tragándomelo con dureza.
Me estoy bebiendo el Arco Iris con dureza.
¿Puedes mostrarme?
¿Dónde está la ventaja de todo esto?
La agradable sensación,
la tan agradable sensación
que me hizo sangrar.
La buena música que he oido
dentro de tu corazón.
Beberme el Arco Iris
lo intento con mucha dificultad.
Beber el Arco Iris
lo intento penósamente.

Una "piña"

Una "piña"

Y no volví más
a tu puesto del rastro a comprarte
corazones de miga de pan sombreritos de lata
(J. Sabina)


"No estás solo Grúben" (así lo pronuncia mi amigo). Inisitía con vehemencia el portugués. "Tienes dos amigos". Aunque fuera mentira esas palabras me levantaban el ánimo. Seguro que Jóse Ma(g)rtínez (el portugués) sabe lo bien que le hacen al alma ciertas mentiras piadosas. El sabe lo que es dormir bajo el puente, robar pasteles a las 6 am, odiar los espejos, en resumen habitar por casi 20 años los rincones mas oscuros de la miseria. "La soledad asfixia poco a poco". Sí que lo sabe. Todo comenzó cuando me pidió sesenta céntimos para su habitual lata de cerveza "after brekfast", no me sobra el dinero pero se lo dí. Es listo el portuga, veinte años en la calle algo te enseñan, me estaba poniendo a prueba y yo sin enterarme. Lo mismo con el tabaco. "Hay que compartir y formar un piña (no peña) unida" decía con su acento enrrendando las erres. En resumidas cuentas, hoy por ti, mañana por mi. Y Chema, el madrileño que me dejó su puestecillo de ceniceros de lata. El encontró trabajo en un chiringuito y yo, mientras tanto, amaso una pequeña fortuna de 4 euros al día. Y así compartimos la cerveza, el tabaco, las penas, angustias y las esperanzas que queden vivas. Espero que Jóse logre conseguirme uan flauta dulce para el lunes estrenarla. Tengo que ampliar el rubro del negocio. Esto de los ceniceros ya no da para mucho más, al menos aquí. Por cierto, al día siguiente de que le dejé los sesenta céntimos, el portugués me devolvió el préstamo.

Tierra prometida

Estoy cansada, hace frío y he perdido la cuenta de las horas pasadas, eterno cada minuto desde el primero hasta el último. El hambre muerde mis entrañas , intento concentrarme en entregar el poco calor que queda bajo la ropa empapada al bebé que abrazo con todas mis fuerzas; su madre, inmóvil y fría le aferraba entre los brazos ateridos, rígidos ya, y de ellos lo arranqué cuando su llanto comenzaba a provocar miradas furiosas. Ahora soy yo quien siente al frío hacerse con mi cuerpo , noto la sangre que forcejea cada vez más para correr por mis venas, el corazón casi sin fuerza , los músculos del estómago contraídos por el hambre y las náuseas que provoca el mecerse alocado de esta barquichuela en la que traemos todo cuanto poseemos : algo de vida y muy pocas esperanzas. Incapaces de hablar, sólo se escucha el deslizar sobre las olas y el chocar de dientes , por frío y por miedo, lúgubre fondo musical, sombríos compañeros, macabro viaje , aciagos destinos, tan lejos de casa. El bebé busca un pecho en el que encontrará consuelo pero no alimento, apenas puedo sostenerle. ..es tanta mi necesidad de encontrar una esperanza a la que hilvanar mi vida que creo ver una luz a lo lejos sobre una masa oscura de horizonte sin estrellas. Ahora el cielo culmina su maldición con una lluvia que apenas me permitiría ver más allá de mi brazo,si tuviese fuerzas para separarlo del cuerpo... Estoy tan cansada...Un ruido ensordecedor remueve el agua como una tormenta del desierto y desde una luz cegadora una voz que habla en un idioma que no comprendo toma el bebé de mis brazos... Sólo ahora me pregunto si será niño o niña, cuál será su nombre. Creo que no llegaré a saberlo, ya no me quedan fuerzas; las últimas se han ido junto a ese bebé del que nada sé. Las estrellas están en tierra, como miles de hogueras que nos dan la bienvenida... Te habría gustado , mamá, pero no estoy segura de que esta sea la tierra prometida ... Estoy tan cansada y tan lejos de casa... Una chica de ojos como el cielo me dice algo que no entiendo, su sonrisa me abraza ... Me gustaría mirarla un poco más pero los párpados me pesan ... Estoy muy cansada y hace tanto, tanto frío...

Ayyyyyyy paioooooo, dame un votoooo

Aquí os vuelvo a dejar un link para que sigáis votando por la causa.
Ganar no ganaremos, pero siempre es bueno superarse, ¿no?
Besémonos un poco, que nos lo merecemos.
http://www.20minutos.es/premios_20_blogs/listado/mejor_blog_autor_colectivo/A/
(Creo que no hará falta que diga que se trata de votar a un tal "a_las_6").

Cansancio

Cansancio
llueven párpados y relámpagos cerrados oscurecen todo
y todo reaparece y todo sigue siendo poco y chirría la silla,
en el porche se mece tranquilo mirando la tormenta el
cansancio

Pesan
Las mañanas se saltan la dieta se carcajean del
sueño y abofetean el rostro dormido y su risa
es frío oscuro y congela dentro y fuera y los labios no versan y
pesan

Vuelve
y la fatiga ya le espera sentada en su mesa
caducando días y verduras y la nevera no le recuerda
se ha bebido ella el vino y la suciedad si le quiere, ella siempre
vuelve

Cansancio
mucho y poco trabajo y ya hasta el humo del cigarro corre despacio
la musa se ha ido de ligue porque él no le da lo que quiere
y la espera y entrena y no llega y a su lado mira la hora el
cansancio